El derecho de vivir en paz
- Cynthia Benítez
- 6 feb 2020
- 4 min de lectura

-¿Para qué va Cynthia a Chile, si ahorita está hecho un desmadre?
-Dice que va a visitar la tumba de Víctor Jara.
El metro no tiene aroma a sudor. Las personas que desean trasladarse no se amontonan. Es la una de la tarde y no hay más de tres personas enfiladas para el centro de Santiago. La existencia de pintas en las puertas son nulas. Se respetan los asientos preferenciales y el metro toma aliento para agarrar su ruta.
Sólo existen seis números en las líneas; parte de la uno a la sexta. No hay logos, hay nombres. Abordé la línea amarilla número dos, ¿estación? Ciudad del Niño. La brecha generacional se distingue por la actividad que realizan los habitantes de la capital chilena; los lolos (jóvenes) van con los audífonos puestos, los adultos llevan el almuerzo. Se desprende un olor a pan recién horneado.
-¿Pan casero?
-Es pollo frito, de muy buena calidad.
Pensé que por ser un metro ordenado y limpio, no existiría el ambulantaje. Error. Se oferta a una luca (mil pesos chilenos) una botella de agua de 500 mililitros; en el aeropuerto se compra el dólar a 470 pesos chilenos. Las palabras que se desprenden de los labios del hombre, que trae en su hombro izquierdo una hielera, se pronuncian de una forma indistinguible. Los chilenos hablan a la misma velocidad que la que piensan.
13 estaciones después llego a “Cementerios”; cuatro estaciones más y recorres de sur a norte toda la capital. No hubo mayor inconveniente de encontrar el panteón, porque sólo tienes que salir de la estación para dar con la puerta metálica que divide a la vida y la muerte. Flores, rehiletes y carros con ventanas que despiden a los que partieron “Hasta siempre, Juana”.
Antes de partir me dijeron que si me sabía mover por la Ciudad de México sabría cómo hacerlo en Santiago. Me dejé guiar por mi instinto hacia las tumbas, con la esperanza de encontrarme así no más con la lápida de Víctor Jara. Caminé por el fondo, el sol se comía mis pisadas y el viento movía los claveles rosas.
“Hagan una rueda a Juana porque ya empezó a bailar. Esa morena cubana nos va hacer hasta sudar”
Una cumbia suena frente una fosa, creí por alguna razón que era la tumba del trovador. Había un tumulto de personas: algarabía. Me percaté que estaba en presencia de un entierro. Las (aproximadamente) 50 personas bailaban y gritaban en el nombre de La Abuela Juana. Las latas de cerveza se estamparon contra el féretro de madera. El líquido se derramó por los bordes de la caja.
-Hasta siembre, Juana.
-Ya te veré en la próxima vida.
-Te vamos a extrañar

Se repetía una y otra vez “Bailen como Juana la cubana. El ritmo que se siente sabroso como jugo de manzana”. Se bajó el ataúd. No había coronas de flores, eran murales llenos con claveles blancos que rememoraban la historia de una mujer chilena.
Las lapidas están llenas de colores. Decoradas con globos y flores artificiales (en su mayoría) se desprenden los sentimientos de nostalgia. Sabía que ya estaba perdida. Pregunté a cinco personas diferentes la ubicación de La Tumba, nadie me daba respuestas claras.

-A la izquierda dobla y ahí pregunta a los encargados. Todos saben dónde está.
-Dos a la derecha y ahí está, pregunte si se pierde. Todos saben dónde está.
-Doble a la izquierda. Todos saben dónde está.
-Nadie lo recordaba cuando estaba vivo. Ahora lo buscan. ¿De qué sirve eso?
Unas lolas (chavas) estaban brindando frente a losa, una bocina las acompañaba; el sonido del reguetón amenizaba las ganas de olvido. “Va por el pibe”. No se lloró, se cantó.
En mi último intento de llegar a mi destino, el señor Luciano, entonado por el ron que se había tomado una hora antes, me propuso llevarme con Víctor. Más tardé en decirle “no, gracias”, que él en tomar mi mano y conducirme por el sendero de las tumbas. “A él le dieron una lápida, pero no está en la parte de “las personas importantes”, lo pusieron en la fosa común”.
Don Luciano trabaja desde hace 30 años en el panteón. A los 12 años aprendió el oficio de la familia; colocar azulejos y floreros a las lapidas. Se cansó de utilizar chanclas y simplemente se las sacó. Con los pies descalzos trazó la ruta. “Vamos por la sombra. Ya casi llegamos.”
-Tómale foto a eso-señala una servilleta bordada que dice “Te recuerdo, Amanda”.- Esa es la mejor canción que compuso.-Las lágrimas escurren por su piel agrietada por el sol.- “Suenan las sirenas, de vuelta al trabajo. Muchos no volvieron, tampoco Manuel”, no regresó Manuel, amigo de Víctor, los militares lo asesinaron.

Desde el estallido social, también llamada “Revolución de los 30 pesos”, se desempolvó la canción escrita en 1971: “El derecho de vivir en paz”. La voz de Víctor Jara volvió a ser El Himno para unificar la protesta social de 2019. En las noticias nacionales no se habla de lo que ocurre en las calles; Los Pacos (policías) y los conflictos con el pueblo chileno no se transmiten.
-El gobierno quiere retratar a un Chile que no existe. Muestran la parte turística, pero no la realidad de las personas. Te dicen “visita tal lugar”, pero no mencionan que los chilenos no tenemos dinero para viajar en nuestro propio país. Sale más económico ir a Perú o Argentina. En marzo no tendrán algo que transmitir, ahorita lo hacen porque estamos de vacaciones.-Expresa Barbará, historiadora chilena.
-Le cortaron las manos y él seguía cantando. Murió como un héroe. Sus letras penetraron en lo más profundo del pueblo chileno.-La expresión facial de Luciano no cambia. El ceño fruncido y las gotas de sal no cesan.-Me duele lo que ocurre. Me duele que cada vez estamos peor.
La bandera de los Mapuches, pueblo indígena de Chile, ondeó con la brisa del verano. Las ramas de parra, colocadas como techo de la tumba, aguardan florecer en otoño. Cartas y fotografía entonan la ideología de 1973, como si la historia se repitiera.





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