Viernes con “v” de Valparaíso
- Cynthia Benítez
- 27 feb 2020
- 4 min de lectura

Desde el balcón del décimo piso se puede apreciar el inicio del mar, el sol moja la cordillera costera con una luz densa. Se pueden ver los barcos de carga, provenientes de diferentes continentes; una pincelada del mundo se podría sintetizar en los productos de los contenedores.
Bárbara, Renán y yo hicimos la previa. Esa tarde de viernes la recuerdo con latas de cerveza vacías, bachitas de mota en el cenicero y rap independiente. En la sobremesa se comentó sobre la situación política, las experiencias de la universidad, unos cuantos comentarios sobre el sistema educativo aletargado.
-Hoy tendrás una noche para crónica.-Prometió Bárbara.
Salimos del departamento, después de que las luces de las casas sustituyeron al sol. Llegamos a las venas de Valparaíso. Al descender del taxi, una señora, con una dentadura roída por piedras y con el acento indescifrable tan característico de los chilenos, gritó.
-¿Qué dijo?
-No lo sé, pero no la mires a los ojos. Te vas a encontrar a montones de personajes para contar en tus escritos. Son cuáticas. Renán, ¿ya le marcaste a Triviño?, ¿dónde lo vamos a ver?
-Me dijo que nos alcanzaba después. Vamos por una cerveza.
Si nuestra salida nocturna tuviera un soundtrack sin duda The Cure sería la principal banda. De camino se pueden conocer todo tipo de personas, extraídas de una novela digna del siglo XXI. Pareciera que Valparaíso se quedó estancado en los 80'; los adolescentes visten la indumentaria del punk y actúan como tal, los Pacos (policías) te pueden detener por beber en la vereda, poco les importa eso. El límite eres tú mismo.
Nuestra primera parada fue un bar retro; las paredes estaban llenas de pósters de bandas desintegradas, rock a todo lo que da. Una de las cosas que más se te puede complicar al viajar es acostumbrarte a los horarios de comida. Moría por unos tacos al pastor con un chingo de salsa. Obviamente no los obtuve.
Después de una chela fuimos por completos (hot dogs), no podíamos seguir en la peda sin algo en el estómago. No hay salsas para adornar los sabores, lo sustituye una pasta de aguacate; se desborda por el pan rancio, que al día siguiente me provocará una indigestión estomacal.
En una calle empinada se incrustan diversos bares, todos tienen algo es común: escuchan cumbia y beben sin cesar, me atrevo a decir que no existe mexicano que aguante el paso del chileno parrandero. Se carretea todos los días, la canasta básica de ellos incluye una botella de vino por día.
Triviño por fin hizo su aparición. Conversamos sobre la unificación de América Latina, la arbitrariedad de México al querer ser quien encabece el movimiento, ese síntoma de ser El Padre de AL. Con esa charla se me antojó un cigarrillo, pero son todo un show. Una cajetilla de diez tubos de neblina cuesta lo mismo que seis paquetes de takis fuego. Aquí lo artesanal no es sinónimo de ser hípster, aquí lo artesanal es otra forma de resistencia. Es común que se compre el paquete de tabaco y se forjen manualmente los rollos. Tres por mil pesos.
Mientras consumo bocanadas de humo, noté sorprendida que en la mesa de junto unas chicas plátican, sin mayor percance, con un vagabundo. Ellas lo invitan a la mesa y brindan con él, parece que lo conocieran desde hace mucho tiempo, porque comparten el mismo popote. Pensé: "Muy punks para funcionar".
31 minutos es un ícono para los chiquillos que crecimos con Canal 11, eso que tiempo después asistimos a la Cineteca casi como católico a misa de domingo. Ya entonada escucho que en el bar habían puesto "Mi equilibrio espiritual", sonreí al tomar consciencia de que estaba en Chile.
Se cierran las puertas, pero nuestras ganas de carretear no. No hay OXXOs para ir por la última ronda de la noche. Otra vez, la raza combativa nos salva. Unos hippies de un callejón, más negro que las cenizas del tabaco, ofertan latas de cerveza. Mis acompañantes ya no tenían efectivo, en Chile (casi) todo se paga con tarjeta y a cuotas (plazos). Acostumbrada a tener mi dinero en la cartera extraigo mi último billete de veinte mil pesos. Me hago bolas con el vuelto.
Triviño nos da la bienvenida a su departamento, una casa amplia con cuartos que arrienda a estudiantes de intercambio. En la sala de estar hay libros en francés. Utilizamos la alcoba desocupada. Se forja un pito (porro), una guitarra llega; Triviño es músico y creímos que iba a tocar alguna de Silvio, pero sólo pasa a adornar la cama. Intercambio musical.
-¿No conocen los sonideros?
-¿Qué?
-Es cumbia con saludos. Las personas se reúnen para bailar.
-Los chilenos casi no danzan. Pero nos encanta la cumbia.
-Lo que unifica a América Latina es la cumbia.
En mi cabeza se reproduce “There is a Light That Never Goes Out”, el camino de regreso a casa siempre me parece la parte culminante de la fiesta, me queda un buen sabor de boca, como si hubiera desbloqueado un nivel más. Mis pensamientos son interrumpidos por el chofer del Uber. El carro se detiene. El sujeto baja del automóvil.
-¿Vieron lo que yo vi?
-¿Qué viste?
-¿No lo vieron?
-¿Qué viste?-en la voz de Renán se escuchan rasgos de incomprensión.
-Una niñita me vio desde el carro vacío. Sus ojos me querían decir algo. ¿Ven? Hasta una lágrima se me salió.
Escalofríos, experiencia sobrenatural (?), a las cinco de la mañana todo puedo ocurrir. El undergroud existe en un lugar y se llama Valpo.












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