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Vampi

  • Cynthia Benítez
  • 4 oct 2019
  • 5 min de lectura

Ella no era como las demás niñas, a ella no la intentaban seducir para que perdiera su virginidad, ella sabía cuándo, con quién y cómo quería quitarse el papel de inmaculada. Desde primero de secundaria las piernas la arrastraron a los chicos más callados y siniestros del salón, ella decía que era porque quería coger con un vampiro, no para ser inmortal, si no para comprobar que su cuerpo podía poner erecto hasta a las creaturas que carecían de sangre.

Lo intentó con su novio Gabriel. El chico no estaba dotado de buena autoestima, para nada se podía considerar alguien atractivo; su piel morena no tenía el color canela con que todos hacen una metáfora, tenía más bien un brillo grisáceo que provocaba que resaltaran aún más las imperfecciones de su cara. Su cuerpo era flácido y sin chiste, como el de cualquier chavito de 13 años. Es por ello que Fátima lo fue preparando durante un mes, se convirtió en la novia ideal; esa que le escribía cartitas que ocultaba en su libreta de Las Chivas.

Ese día de febrero, justo en el día del cumpleaños 14 de Gabriel, quería concederle la oportunidad de enterrarse en sus bragas y disfrutar de un recreo épico. Se escondieron de los prefectos e ingresaron al salón. Las paredes azules y las ventanas rotas le recordaron la decadencia por la que había pasado en cada uno de sus 13 años, y que continuarían siendo su realidad.

Sin aviso le bajó los calzones, su primera impresión fue una desilusión que inmediatamente Gabriel detectó. Ella vio con desprecio la ropa interior desgastada y percudida de su novio, le dio repugnancia, así que de un tirón se la arrancó, para evitar más vergüenzas. Lo siguiente que observó fue el minúsculo bulto de masa que tenía frente a sus ojos, la entrepierna de Gabriel la hizo asquearse. Le ordenó que se vistiera, que no era lo que ella necesitaba, que su cuerpo no le era suficiente.

La relación se dio por terminada. Gabriel divulgó una versión completamente distinta a lo que había ocurrido, afirmó que Fátima era una perra y le había querido arrancar su miembro, que jamás había conocido una bestia como aquella niña de piernas largas y flacas, porque nada la satisfacía.

Fátima fue apodada La Loba. Aunque para muchas chicas pudiera ser lo peor que les puede pasar en una etapa tan complicada, como lo es la adolescencia, a ella parecía que le agradaba la idea de hacerse de esa fama; la supo utilizar a su favor. Sólo los chicos que creían estar bien dotados eran los que la cortejaban.

Novios iban y venían, aplicaba la misma prueba que con Gabriel. Esperaba al día de sus cumpleaños, los llevaba al salón de clases a la hora del recreo, bajaba sus pantalones y se cercioraba de que sus calzones estuvieran en condiciones óptimas para pasar a la siguiente prueba, así disminuía el asco que sentía por ellos. Si pasaban la primera prueba, ella les daba la oportunidad de demostrar sus condiciones físicas, pero ningún miembro parecía conformarla; desde el olor, el tamaño, el grosor y el color, era muy cautelosa, sabía que buscaba a un vampiro, no a un escuincle cualquiera.

Pasaron los grados escolares y llegó a sus 15 años virgen; aunque todos a su alrededor la consideraran una puta. Fátima no necesitaba de la aprobación de los demás, ella vivía en un mundo similar al de Edgar Allan Poe y Lovecraft, poco le importaba lo que adolescentes adictos a la pornografía en internet le pudieran decir.

Inició su tercer ciclo escolar. Era una tarde de agosto, cuando vio a un chico completamente distinto a todos los que había conocido antes, su nombre la cautivó. Damián caminaba lento, con las espalda recta, parecía que había estado en el ejército por las duras facciones con la que se adornaba su cara, sus ojeras era también un rasgo que destacaba, junto con sus colmillos encimados con sus otros dientes, daba la pinta de haber salido de un funeral.

Se empezó a rumorar que era huérfano y que vivía a las afueras de la ciudad. Nada se sabía de la familia de Damián. Eso alentó más la imaginación de Fabiola, imaginar que Damián se había comido a su familia la excitaba a tal grado de que se enamoró de la fantasía de por fin haber encontrado un vampiro para cogérselo.

Utilizó todas sus artimañas para estar la mayor cantidad de tiempo con él. No le fue difícil porque con la fama que ella tenía era la apestada del salón, él al poco tiempo también fue marginado, porque simplemente no hablaba con nadie, murmuraba constantemente y se mordía los dedos. Les tocó trabajar en equipo, fue ahí donde Fátima al platicar más a fondo con Damián descubrió que también gustaba de encerrarse en su cuarto a escuchar por horas los aullidos de Luis Humberto Navejas, a ambos les parecía que las palabras que salían de la bocina reflejaban sus heridas abiertas y que intentaban disimular.

Estaba segura de que quería coger con Damián. Planeó que el cumpleaños número 15 de Damián, que era el jueves de la última semana de octubre, se convertiría en la cita perfecta. Le propuso irse de pinta e ir a su casa para ver pelis toda la tarde, aprovechando que sus papás nunca estaban en su casa, él accedió porque confesó que hace mucho tiempo no tenía amigos con los que empatizara. Fátima puso su película favorita “Sweeney Todd: el barbero diabólico de la calle Fleet”, sacó unas cervezas del refrigerador, que había hurtado de la bodega de su padre, y le ofreció el asiento preferencial a Damián.

La tarde iba conforme al plan. Todo parecía indicar que las piernas de Fátima cederían por primera vez. Ella se acurrucó en su pecho, se percató que en el cuerpo de Damián no se escuchaba lo que indica que todo tiene una fecha de vencimiento, en su caja torácica tenía ausencia de un corazón.

-¿En verdad cumples 15 años, Damián?

-Cumplo 15,000 años.

Los ojos de Fátima brillaban de la emoción, supo que todo el tiempo que había soportado el apodo de La Loba había valido la pena. Se dejó llevar por sus impulsos y se acercó a los labios de Damián, conforme sentía la cercanía las piernas se lograban desenredar, cual cabello recién peinado. Cerró los ojos cuando sus labios estaban a milímetros de los de Damián, de la nada él se soltó a llorar. Fátima intentó consolarlo, pero no se detuvieron las lágrimas. Resultó que la gallardía y la propiedad con la se conducía Damián sólo era una fachada para ocultar su verdadero ser: un vampiro gay incomprendido y rechazado por su familia, que confesó estar enamorado de Gabriel y no de una mujerlobo.

 
 
 

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