Dalia azul
- Cynthia Benítez
- 11 ene 2019
- 4 min de lectura
A mis años y estar haciendo este tipo de cosas se debe considerar maltrato a adultos mayores. Yo le había dicho a la encargada de la biblioteca que era una pésima idea prestar libros al por mayor, muy pocas personas saben su valor. Peor aún si sabes que la biblioteca de la delegación es la única digna en los alrededores. En mis tiempos teníamos que trasladarnos al recinto, tomar el libro, leerlo y regresarlo a su estante.
Esta no fue la primera vez que me ocurría algo así. Ya había visitado lugares inhóspitos. Hace un año tuve que entrar a una colonia que tenía cruces con cristos hechos añicos, supongo que era su método de protección; en esos lugares no ingresa ni Dios. El mes pasado, febrero, me tocó ir por un tomo que llevaba 3 años perdido, háganme el favor. Fue en una vecindad donde los escuincles corrían y derrumbaban todo a su paso, macetas tiradas por doquier. El señor que había pedido prestado el libro falleció 36 meses atrás.
Sin embargo, en este último lugar, donde me toca ser la salvadora, ha sido el peor. Literalmente, tuve que caminar hasta los límites de la tierra y embarcarme en aguas pútridas, nauseabundas para ser precisa. En momentos así me pregunto porque no le hice caso a mi madre: "Hija, consíguete un buen esposo, ten tu casa y cría niños". Siempre sola, eso no me afecta en la comodidad de mi recamara, pero en lugares así, quien no querría tener alguien que te diga: manda a la chingada a tu jefa, si lo quiere que vaya ella misma, ya estás grande para ir saltando los canales de Xochimilco.
Vamos navegando y conforme avanzamos logro distinguir las casas, que están al borde del agua. Mi mente no puede entender cómo es posible tal falta de conciencia. No hay respeto por la naturaleza. Es muy probable que los desechos que desprenden en sus baños sean los causantes del aspecto repugnante del agua, aunado, claro, a los turistas que colaboran en interrumpir la tranquilidad de los ahuehuetes.
Quién diría que yo tendría que pagar por un descuido de Laura, la encargada del turno matutino. En verdad, sí le hace falta atención clínica a la mujer. Tantos años ejecutando el mismo proceso, tantos años sabiendo que la etiqueta roja en la esquina inferior derecha es sinónimo de “imperdonable prestar este ejemplar porque está bien canijo encontrar otro igual”. En fin.
Después de dos horas de ver lirios, Joaquín, el remero veterano, me dice que falta poco. En lo único que puedo pensar es en la telera con café que degustaré frente a la televisión. Al descender de la trajinera me dice que aguardará a mi regreso, que no me olvide que cobra por cada 15 minutos, como si uno olvidara ese tipo de cosas.

Cruzo un arco hecho de bejucos. Camino por varios minutos. Sé que ya estoy cerca. Hay flores de todas las tonalidades, son exageradamente grandes, sobrepasan mi testa. Solo falta un color: azul. Sigo la verja, durante mi trayecto los chapulines brincan de un lado al otro, sin querer piso algunos. Ahora sé que odio a estos insectos. No debí haber utilizado huaraches. Su hemolinfa se me impregna en la punta de mis dedos, definitivamente esta ha sido la peor experiencia laborar que he tenido.
Tras pasar la maleza llego a la puerta, noto que en sus bordes inferiores hay rasguños, supongo que de algún gato. Toco sin obtener respuesta. Vuelvo a tocar y nada. Grito por la rendija: ¡Buenas tardes!. Nada. No iba a volver a matar insectos a mi paso, tenía que conseguir el libro de una vez por todas.
La puerta se abrió. Juro que no estaba emparejada. Antes de entrar pronuncio:
-Disculpe la molestia. Soy Ofelia, vengo de la biblioteca que está a un costado de la iglesia de San Bernardino. Estoy buscando el libro que le prestamos semanas atrás.
Decido entrar, al no tener respuesta. Busco encender la luz, sin éxito. Camino a ciegas, un aroma de copal me acompaña. Logro prender un foco de tungsteno. La poca iluminación que consigo me sirve para ver los bordes de los objetos. Escucho un ruido. Piedras chocando entre sí. Persigo con mi oído las sondas sonoras de un carraspeo de guitarra.
Se abre otra puerta. Velas encendidas, un altar con un huipil que funge como mantel y un libro abierto. Capítulo V “El llanto nocturno de la Cihuacóatl”. Me atrevo a tomarlo entre mis manos. Titubeo al cerrarlo, efectivamente, es el tomo prestado. La espalda se me calienta, se llena de sangre. Un cuchillo de obsidiana me atraviesa de norte a sur. Lo apartan de mis entrañas. El pecho se me sale, la hoja afilada ingresa nuevamente de oeste a este. Veo un rostro familiar, es Joaquín. Mi cabeza ha rebotado contra la tierra. Antes de perder completamente la conciencia veo como el anciano toma un caracol y lo hace sonar, para enseguida susurrarme: "te estábamos esperando, la naturaleza te reclama". Lo último que alcanzo a vislumbrar es el título de mi muerte: “Presagios Funestos”.
Esa noche no probé el sabor a café, ni mucho menos escuché el crujir de las teleras recién horneadas en mi boca. Desperté convertida en la dalia azul, la única que faltaba para tener un jardín fructífero en primavera. Yo era parte del regalo para nuestra madre la mujer serpiente, mejor conocida como la Cihuacóatl.





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